Hay decisiones que parecen profundamente personales, pero que, al observarlas con atención, hablan de toda una sociedad. La decisión de tener un hijo o hija es una de ellas.

Este año, Chile volvió a poner la mirada en la baja natalidad. Las cifras dadas a conocer por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) confirmaron una realidad que ya venía instalándose desde hace algunos años. Durante 2025 nuestro país registró una tasa global de fecundidad inferior a un hijo por mujer, una de las más bajas del mundo. Pero quizás la pregunta más importante no sea cuántos niños y niñas están naciendo, sino qué nos están diciendo esas cifras sobre la forma en que vivimos hoy la maternidad, la paternidad y la crianza.

Detrás de cada número hay una historia. Mujeres y hombres que desean formar una familia, pero que también intentan responder preguntas que hace algunas décadas quizás no tenían el mismo peso, ¿Cómo será la experiencia de criar? ¿Será posible compatibilizar la maternidad o la paternidad con el trabajo y otros proyectos de vida? ¿Habrá tiempo para acompañar a los hijos en las distintas etapas de su desarrollo? ¿Existirá una red de apoyo permanente? ¿Habrá alguien con quien compartir este camino? tal vez una de las mayores transformaciones de nuestra sociedad no sea solo la disminución de los nacimientos, sino haber comenzado a creer, casi sin darnos cuenta, que criar es una tarea que cada familia debe resolver por sí sola. Y la crianza nunca debió ser una tarea individual.

Durante mucho tiempo entendimos que era una responsabilidad compartida. La familia, los vecinos del barrio, los amigos, la escuela y otros adultos significativos formaban parte, de una u otra manera, del crecimiento de un niño. Hoy esa realidad ha cambiado. Vivimos más conectados que nunca a través de las redes sociales, pero muchas veces con menos comunidad. Las redes familiares son distintas, las ciudades crecieron, las exigencias laborales o de capacitación van en aumento y pareciera que, silenciosamente, hemos ido normalizando la idea de que cada familia debe arreglárselas sola. Que hoy el Estado impulse políticas relacionadas con la conciliación laboral y familiar, la corresponsabilidad, los sistemas de cuidados o el apoyo a las familias es una señal importante. Reconoce algo que muchas personas ya experimentan: criar no depende únicamente del deseo de tener hijos, sino también de las condiciones que una sociedad ofrece para hacerlo.

En esa misma línea, la Ley de Conciliación de la Vida Personal, Familiar y Laboral representa un avance significativo. Sin embargo, muchas familias perciben que aún existe una distancia entre el espíritu de la ley y su aplicación cotidiana. La posibilidad de acceder a modalidades de trabajo más flexibles depende, en muchos casos, de cómo cada organización interpreta esa compatibilidad. Mientras tanto, siguen siendo principalmente las madres quienes reorganizan sus jornadas cuando un hijo se enferma, necesita contención emocional o requiere una mayor presencia en distintas etapas de su desarrollo. Pero incluso si lográramos resolver esos desafíos, probablemente seguiría existiendo una pregunta pendiente.

¿Qué está pasando con nuestros vínculos?

Como mentora he tenido el privilegio de acompañar a madres en distintas etapas de la crianza, y si hay algo que se repite, es que pocas veces buscan respuestas perfectas. Lo que más necesitan es sentirse escuchadas, comprendidas y saber que no están solas. Una conversación honesta, alguien que pregunta cómo estás, una mano que aparece antes de tener que pedir ayuda o una red que sostiene sin juzgar pueden transformar profundamente la experiencia de criar.

Quizás por eso la baja natalidad también nos invita a mirar algo que va mucho más allá de las estadísticas. Nos invita a preguntarnos cómo nos estamos relacionando como sociedad. ¿Qué tan disponibles estamos para acompañarnos? ¿Qué tan fácil nos resulta pedir ayuda? ¿Qué espacios estamos construyendo para que las familias sientan que no tienen que enfrentar la crianza en soledad?

Humberto Maturana decía que convivir implica reconocer al otro como un legítimo otro. Tal vez esa idea cobre hoy más sentido que nunca. Porque construir una sociedad que cuida no depende únicamente de políticas públicas. También depende de la forma en que elegimos relacionarnos cada día. De volver a mirarnos, de acompañarnos, de reconocer nuestras propias necesidades y de entender que ofrecer apoyo también es una forma de cuidar. No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que antes criar fuera más fácil. Cada generación ha enfrentado desafíos distintos y muchas familias han demostrado una enorme fortaleza para salir adelante. Pero reconocer esa historia no debería impedirnos preguntarnos qué necesitan hoy las madres, los padres y quienes sueñan con formar una familia para sentirse verdaderamente acompañados.

Quizás reconstruir comunidades que cuidan no hará que mañana aumenten las cifras de natalidad. Ningún cambio profundo ocurre de esa manera. Pero sí puede hacer que una madre se sienta acompañada, que una familia encuentre apoyo cuando lo necesite y que criar vuelva a sentirse como una experiencia compartida y no como una carga individual. Porque, más allá de las cifras, el verdadero desafío no parece ser únicamente que nazcan más niños. Tal vez el desafío sea construir un país donde las personas vuelvan a sentir que formar una familia es un proyecto posible, acompañado y esperanzador. Y esa conversación nos involucra a todos y todas.

 

Creado por: Marcela Barraza, a quien puedes conocer en https://www.instagram.com/marce_bcma/

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