Hay maternidades que pasan inadvertidas y otras que, por el solo hecho de existir, despiertan curiosidad.
En los últimos meses han surgido numerosos podcast y cuentas en redes sociales que muestran la vida cotidiana de familias con mellizos, trillizos y otros múltiples. A millones de personas les resulta particularmente interesante este tipo de familia y siguen esas historias cotidianas… porque hay algo que inevitablemente llama la atención; lo distinto atrae.
Lo sé bien. Soy mamá de trillizos de 16 años, y aunque esa curiosidad suele venir acompañada de cariño, también me ha permitido descubrir algo que rara vez se conversa: qué fácil es mirar una familia de múltiples… y qué difícil es detenerse a ver a cada una de las personas que la componen.

Con frecuencia nuestros hijos dejan de ser personas para convertirse en «los mellizos» o «los trillizos». Se transforman en una unidad, en un conjunto. Entonces aparecen preguntas que parecen inofensivas: ¿cuál es el más tranquilo?, ¿cuál estudia mejor?, ¿cuál da más trabajo? o comentarios como: «yo tuve tres hijos muy seguidos; es prácticamente lo mismo».
No lo es, y tampoco necesita serlo.
No porque una maternidad sea más difícil que otra, sino porque cada experiencia merece ser acogida, respetada y valorada sin juicios ni comparaciones. La crianza de múltiples tiene desafíos propios, así como los tiene criar un hijo con necesidades especiales, un adolescente o un recién nacido, por ejemplo. Y comparar no aporta nada positivo, solo invisibiliza la experiencia del otro.
Pero hay algo que me preocupa todavía más. Los niños escuchan; escuchan cuando los adultos hablan de ellos como un espectáculo, cuando comentan delante de ellos lo agotador que debe ser criarlos, cuando parecen más interesados en la logística familiar que en conocer quién es cada uno. Y ese mensaje, aunque no tenga mala intención, termina diciéndoles subconscientemente que son para sus cuidadores una carga extraordinaria antes que un regalo extraordinario.
Con los años he descubierto que el mejor regalo que alguien puede hacerle a una familia de múltiples es mucho más sencillo de lo que parece. Es preguntar un nombre antes que hacer una comparación. Es descubrir que detrás de un mismo cumpleaños hay niños completamente distintos, con talentos, miedos, intereses y personalidades propias. Y es que quizás esa reflexión trasciende la crianza de múltiples.
Vivimos en una sociedad que clasifica con rapidez y observa desde lejos. Nos cuesta detenernos a conocer la historia del otro. Sin embargo, la empatía comienza justamente ahí: cuando dejamos de mirar aquello que nos llama la atención y empezamos a ver a la persona que tenemos al frente como alguien que necesita ser acompañado.
Tal vez ese sea el mejor acompañamiento que podemos ofrecer a cualquier madre. No tener todas las respuestas, sino hacerla sentir comprendida. Y el mejor regalo que podemos hacer a sus hijos es reconocerlos por quienes son, uno a uno, porque nunca han sido un bloque. Siempre han sido personas que merecen respeto, comprensión y mucho mucho amor.
Escrito por Asunción Martínez Alamos, mentora quinta generación.







Sin duda “la nueva vida moderna” ha beneficiado en que ciertos asuntos que antes requerían de gran trabajo hoy puedan ser muchísimo más prácticas. Con esta idea me refiero a la opción de acceder a pañales desechables; comida preparada para bebés, niños y niñas; lavadoras, secadoras y todo un mundo de facilidades que hoy nos hacen preguntarnos ¿y cómo lo hacían antes las mujeres?
Pero hay un cambio importante que a veces no somos capaces de valorarlo, y es que hoy, con toda esta tecnología como aliada, estamos criando más solas que nunca. Muchas de nuestras antepasadas utilizaban estos momentos tales como el lavar pañales, la ropa, cocinar entre otras tareas domésticas como un espacio de conversación, sin quererlo podían acompañarse en sus luces y sombras.
En la actualidad vamos corriendo por la vida intentando hacer todo perfecto, ya que la sociedad nos impone esa necesidad de insertarnos al mundo sin considerar los grandes cambios que nos lleva el convertirnos en madres. Podemos tener uno, dos o más hijos e hijas, pero siempre con el nacimiento de un nuevo bebé también nace una nueva madre.
¿Por qué nos sentimos tan solas si tenemos más redes para estar cerca? El concepto de buena madre ha hecho estragos en la salud psicológica de las mujeres; y aunque tengamos opciones de compartir nuestros miedos, estos muchas veces no los queremos hablar por temor a sentirnos rechazadas o mal vistas. Precisamente por el prototipo de maternidad y crianza que se ha impuesto en la sociedad, y que se valida por el discurso homogéneo que entrega la publicidad y los medios de comunicación.
Afortunadamente cada vez más se van abriendo caminos para ir mostrando la realidad de la maternidad. Que no existen cuerpos curvilíneos después del parto; que en oportunidades no surge a la primera ese amor o conexión con el bebé; que hay días en que no queremos ver a nuestros hijos e hijas. Dar a conocer este mundo de emociones harán que las crianzas sean más empáticas, verdaderas y sanas.
Con esto presente resulta imprescindible crear espacios en donde las mujeres se sientan sostenidas por otras, en donde en un clima de respeto podamos decir aquello que nos incomoda y nos duele, para que, en este relato tan único e íntimo, reconozcamos nuestras historias en otras vivencias cercanas. Abrazarnos en este camino será la clave para construir la salud mental adecuada para que las mujeres que han decidido ser madres, puedan criar y educar seres humanos más conectados y empáticos.
Por eso es importante romper con el estereotipo de maternidad para construir maternidades, en donde todas las formas de crianza basadas en el respeto y amor sean válidas. Potenciar el concepto “ambivalencia” que expone Esther Vivas es clave, en donde manifiesta que “aceptar la ambivalencia como parte consustancial de la maternidad nos ayuda a tener una experiencia positiva, evitando todo sentimiento de culpa cuando la frustración nos desborda. No hay nadie a quien queramos tanto como a nuestros hijos e hijas, pero a menudo no podemos más con ellos” (Vivas, 2020).
Ser mujeres conscientes de cómo gestionamos nuestras emociones para que nuestras criaturas también aprendan a hacerlo. No podemos evitar las equivocaciones, porque en el fondo estaríamos retrasando el aprendizaje de nuestros hijos e hijas. Haciéndolo, les privamos de la experiencia de permitir la evolución de la conciencia, que se consigue gracias a vivir experiencias adversas y cometer errores. Esto correría tanto para la salud y educación emocional de la madre como de nuestros hijos e hijas.